Ante una cámara centenaria, de Alejandro Togores.

Ante una cámara centenaria, de Alejandro Togores.

Ante una cámara centenaria

Con la imprenta los libros pudieron salir de los palacios y de los conventos. Las pinturas que
atesoraban reyes, nobles y poderosos en la privacidad de sus palacios, a través de los grabados tuvieron la posibilidad de ser vistas, aunque con las muchas limitaciones del procedimiento porque la pintura original, sea cual fuere su tamaño, se reproducía grabando con un buril en una plancha, generalmente de cobre, que, entintada de negro o sepia, se imprimía en papeles de unas pocas decenas de centímetros por lo que las medidas y el color de la pintura desaparecían. Es fácil comprender que la idea que se podía tener del cuadro representado en el grabado era necesariamente muy imprecisa.

Sin embargo, cuando el grabado fue utilizado como otra manera de realizar imágenes sí que fue un hito. Ya el arte no era una obra única, ahora el límite de originales era el que posibilitaba la duración de la plancha, lo que permitió acceder a sectores de la sociedad al arte que hasta entonces les había sido imposible afrontar por el coste de una pieza única.
Con la aparición de la fotografía, el número de originales ya pudo ser ilimitado porque, si el negativo está bien conservado, su uso no lo degrada.
Con el invento de George Eastman, la facilidad del procedimiento fotográfico como generador de imágenes ha llegado a modificar la cultura como nunca antes ninguna manifestación plástica lo había hecho. Se había logrado realizar imágenes iguales y repetidas por cualquier posible usuario de una cámara fotográfica. Esa es la gran diferencia con todo lo anterior.
Con la imprenta se podían hacer muchos ejemplares de una misma obra pero la imprenta no
propiciaba que cualquier persona fuese escritora. El grabado como procedimiento tampoco hacía grabador o estampador a quienes no estaban capacitados.
Ese momento histórico en el que tomar imágenes estuvo al alcance de todos es el que se recuerda en esta exposición, al mismo tiempo que propone una reflexión sobre qué está
significando la fotografía en nuestras vidas como seres que hemos evolucionado con un cerebro que, ayudado por los ojos que le hacen llegar el entorno en el que vivimos, nos ha permitido aprender a ver con sentido.
Reconocemos la realidad porque la hemos experimentado. Y, para que la experiencia se produzca, necesitamos que todos nuestros sentidos y el sentimiento que se produce ante algo se simultaneen.
Hay una anécdota muy significativa que se produjo en la redacción de la muy rigurosa revista The New Yorker. Pese a todo su cuidado, ilustraron con un pingüino algo que tenía que ver con el Ártico. Nadie que haya estado en el continente antártico y hubiese estado cerca de los pingüinos cometería ese error porque había tenido la experiencia.
La incompleta experiencia de una fotografía nos hace presumir que, reconocer formas sin su correspondiente experiencia, basta para saber y ¿evolucionar?


Alejandro Togores