¿quién está dibujando el bosque en llamas? 

¿quién está dibujando el bosque en llamas? 

Desde el 8 de septiembre, y sin fecha de finalización inminente.

Una de las primeras cosas que dibujamos, cuando, sin demasiada conciencia, nos enfrentamos a la posibilidad de expresarnos con unos lápices de colores, es probablemente el árbol. Sí, sí, la casa, las personas, el sol… pero siempre el árbol. Hay algo en su forma que nos atrae, y algo también que nos percata de la necesidad de su presencia. Y no es fácil hacer un árbol, especialmente para aquellos que tienen más dificultades para dibujar, para expresarse con ese lenguaje que parece surgir de las manos. Y ocurre algo fantástico cuando atinamos con los trazos y surge la forma, la forma del árbol que ya los demás también reconocen.

Los primeros daguerrotipos tuvieron también torpeza, una torpeza evidente a la hora de expresar esa fidelidad a la realidad que suele ser relacionada o considerada inherente a la fotografía. Pero sobre todo al principio, no importaba, pues el evidente parecido entre esas luces y sombras con lo que se acababa de fotografiar, hacía del incipiente invento algo mágico, algo casi increíble ¡sin mediar trazo humano de ninguna clase aparecía la forma! Y no sólo en ese comienzo, durante la mayor parte de la historia de la fotografía ese asombro aparecerá cada vez que un estudiante consiga revelar con éxito su primera copia en papel…. O al menos así ha sido hasta que hemos nacido con la cámara digital debajo del brazo.

 

En la torpeza del trazo, y la técnica rudimentaria que aún no ha acabado su perfeccionamiento, existe una conexión con la torpeza primitiva de los dibujos de los primeros artistas que se enfrentaron al hecho de representar su mundo en las paredes de las cavernas: sus miedos, sus anhelos… En la torpeza del trazo, como en la música, entras tú, espectador, a adivinar el relleno, a enderezar las curvas torcidas, a adivinar el horizonte. Entender que en la sugerencia hay mucha más potencia narrativa, mucha más capacidad provocadora de estímulos, de sensaciones, es difícil para el que está acostumbrado a considerar la ortodoxia y la perfección técnica como una base de trabajo. No es la primera serie en la que he querido buscar los límites de esa ortodoxia pero nunca me encontré con un resultado tan fresco, directo, evocador, y por qué no decirlo, tan místico. De ahí que las piezas, aún cargadas con la riqueza de los granos de la arena, que se degradan del blanco al negro pasando por un mar de irisaciones que he visto después, al analizar con más detenimiento las tomas, resulten muy simples y duras de contraste. De hecho desprecié todas las fotos en las que la luz del sol tomaba protagonismo ahondando en el trazo del mar y marcando relieves y sombras que no estaban en el dibujo en sí. La necesidad primera era mostrar la sencillez incontestable del trazo del mar: trasmitir el posible discurso sin nada que lo empañe.

 

Fue un día caminando por el muelle cuando percibí los dibujos que por el agua se iban creando con la arena blanca y la arena negra, que, ordenándose sin mezclarse, generaban formas de exquisita simplicidad. Empecé a fotografiar sin poder apartar la mirada de lo que iba sucediendo, de lo que se creaba y de lo que se borraba. Era como si el mar estuviera recuperando ese proceso primigenio del arte y con ello estuviese transmitiendo en clave, comunicando un mundo, el de aquí, con otro posible. Fotografié durante varios días, y de una forma intuitiva entendí que no debía tratar con precisión la arena, porque el interés no estaba al nivel de los granos sino que tenía que elevarme y entender el dibujo que iba surgiendo, borrándose, y surgiendo de nuevo. Incluso ese mismo proceso de creación y de destrucción, de ensayo y error, de boceto y obra final (hasta la siguiente marea al menos).

 

Probablemente lo de menos es la lectura que hago de esos dibujos, cada cual tendrá la suya. O ninguna. Pero a mí me invita a construir una narrativa, una narrativa de largo aliento, como la de una novela, en la que un mundo enfermo, y en cabeza sus interlocutores (-¿nosotros? -No, los árboles) hacen una llamada a otro mundo ante la inminencia de su extinción. Así que, en el principio una pregunta: ¿quién y qué está dibujando? No puedo contestar a esa pregunta, no he querido volver a mirar esa arena porque podría volverme loco intentando descifrar lo que esos dibujos, esos posibles dibujos de la naturaleza, o del mar, o de fuerzas que quizá existen y quizá no controlamos están intentando contarnos. Quizá no seamos nosotros a quien va dirigido el discurso. Quizá yo sea un observador casual, como otros muchos que miran estos dibujos en la playa, y no tenga ni idea de qué es lo que estoy viendo… pero durante unos días quise ver la historia de un mundo enfermo, de unos árboles amputados de un mundo decrépito, que hacen una llamada a otro mundo más allá, y que por fin esa llamada tiene respuesta.

 

Y un final posible para esta historia: uno de los dibujos parece reproducir un dibujo: un dibujo de un dibujo. Algo que ya no está.

 

A lo mejor tenía que hacer estas fotografías para que se recuerde cómo eran los árboles.

 

Esta exposición terminó de montarse el 28 de julio de 2023. Dos semanas después comenzó el incendio de Tenerife, que hasta ahora es el más devastador de los últimos 40 años. El incendio «se inició» en el monte del Valle de Güímar, y este proyecto se fotografió en una de sus playas, 4 años antes. Quien sabe los años que el bosque lleva escribiendo su destino en la arena. Quien sabe los años que seguirá lanzando sus botellas de auxilio al mar. Sin éxito.

 

 

  el momento en que ellos se comuniquen con vosotros

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el crujir de la madera sangrando emite tonos que resuenan en otros mundos

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tras el fuego los mares de la lluvia

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las dimensiones de otros mundos están reñidas con nuestras leyes de la física

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